Los Modernos – Blog Oficial
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Los Modernos

Redactor de la revista Runner’s World, comentarista de televisión y locutor en algunas de las carreras populares y eventos atléticos más prestigiosos del país.

A veces los nuevos corredores cometen el error de ignorar el enorme legado que atesora nuestro deporte.

El boom del running: Imagino que a estas alturas ya habrán oído hablar de él. No sé, tal vez entre doscientas cincuenta y trescientas mil veces. Básicamente consiste en que, de un tiempo a esta parte, si no te metes un medio maratón de vez en cuando, lo mismo hay peña que te deja de hablar. Da igual tu pasado deportivo y las veces que dijeras que dar vueltas sin sentido para llegar al mismo sitio era lo más aburrido del mundo. Importa poco que recortases esquinas en clase de gimnasia o en los entrenos de fútbol. ¿El gordito de tu cole? Ese también corre, dalo por seguro. Corre, como tantos miles, porque ahora mola. Porque esto ya no es cosa de pobres, porque tiene un nombre en inglés y a las 8:00 de la mañana puedes petar las redes sociales con heroicidades del tipo: “10 kilómetros ya completados”.

Que no les confunda el tono, a mí me parece cojonudo (de hecho vivo de ello, así que, imagínense, rezo cada día para que a nadie le de por pasarse al bádminton antes de que yo liquide la hipoteca). Lo que no me mola tanto son los sabelotodo, los que quizá se toparan alguna vez con la humildad, pero está claro que ni la saludaron. Gente que ha decidido entrar en esto y no se limita a expresar su opinión (ejercicio libre, democrático y más que recomendable), sino que pontifica sobre todo aquello que acaba de conocer con una rotundidad impropia hasta de los mayores expertos. Ese perfil de persona que nunca duda, que siempre sabe lo que hay que hacer, que en dos patadas lo mismo te arregla el hambre en el mundo que la distribución de cajones de salida en un maratón.

Lo que más me cabrea de estos guardianes de las verdades absolutas es la total falta de respeto al deporte que amo (me eduqué en la creencia de que el fondista vocacional tiene su génesis en el atletismo, aunque ahora se antoje complicado dibujar con precisión un árbol genealógico). Desprecian el peso de la tradición. No se molestan en conocer su historia, sus códigos no escritos, sus lecciones de vida. Son incapaces de entender la labor de los organizadores y creen que el hecho de abonar un dorsal les concede un crédito ilimitado para colmar exigencias, pues no poseen la suficiente perspectiva como para valorar la evolución sufrida en los últimos años (porque esto, sorpresa, lleva aquí desde bastante antes de que los medios generalistas le adjudicasen el calificativo de ‘moda’). Son esos que, por ejemplo, se paran nada más acabar la carrera -desatendiendo las indicaciones respetuosas de los voluntarios- porque no entienden el riesgo de un posible embudo, pues es mucho más importante su foto de Instagram que el correcto devenir de un evento en el que participan miles de compañeros (“¡Venga ya, qué mas da por estar un rato aquí”; solo el hecho de tener que explicarlo deja a las claras su incultura deportiva y escaso sentido de la solidaridad). Son infalibles, jamás cometerían un error en algún punto de avituallamiento o en el ropero. Peña de zapatillas caras y modales baratos.

Los hay distintos, por supuesto (de hecho la gran mayoría), los que compensan la balanza y provocan que la nueva era no sea del todo insoportable. Hombres y mujeres que han desembarcado en esta bendita afición y tienen la sensatez de no empezar la casa por el tejado. Se dejan aconsejar, preguntan el porqué de las cosas, muestran gratitud al entrenador que les hace mejorar y al chaval que les da una botella de agua al filo del kilómetro cinco. Mientras aquellos tachan a los veteranos de viejos desfasados incapaces de adaptarse al progreso, estos respetan a los que llevan en el convento más tiempo que la puerta; porque intuyen que gracias a sus esfuerzos en blanco y negro disfrutamos de este cielo en technicolor. Ojalá lleguen en masa muchos de este tipo. Y los otros, que cambien… o se esfumen.

 

Alberto Hernández