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Psicología: La mente del corredor

“Cuando falta el pensamienMARATÓN57 (Copiar)to la sabiduría no puede aplicarse, el arte no puede manifestarse, la energía no puede actuar y la riqueza es inútil” -Herófilo médico de Alejandro Magno-

“Men sana in corpore sano” -Proverbio del Imperio Romano-

“Pienso luego existo” -René Descartes-

La mente es a la vez brújula y timón de nuestro ser y estar en el mundo. La mente alberga todas las funciones cognitivas que poseemos y que van desde nuestra capacidad de pensar, decidir, reflexionar, amar y un largo etcétera  hasta la voluntad, el sacrificio, la resistencia a las dificultades, la renuncia, la motivación y la constancia en busca de unos valores que subliman la razón de nuestra existencia.

Estoy pensando, naturalmente, en nosotros, en los que corremos; en esa cada vez más gran multitud que por todos los rincones del planeta emprende esa monumental proeza año tras año.Pues bien, eso no sería posible sin la existencia en nuestra mente de esas herramientas que nos permiten ser, progresivamente, más resistentes a la fatiga, a los dolores musculares, a la pared de los 30km y a cualquier otra adversidad que nos invite a abandonar.

El poder de la mente se hace evidente –y es un buen paradigma para demostrarlo– cuando el atleta, por su edad, ya es veterano. Pongamos un ejemplo extraído de la realidad: un ciudadano de 55 años, de vida sedentaria, decide participar en un maratón. Lo realizó unos meses después y concluyó en 5:05:16. A lo largo de los años siguientes, participó en diversos maratones y, habiendo ya cumplido 61 años, es decir, seis años después de correr el primero, terminó el nuevo evento en 3:13:38. El caso expuesto demuestra que:

1.- El entrenamiento no crea a esa edad nuevas fibras musculares, por lo que la capacidad física no aumenta.

2.- En cambio, con el entrenamiento, la mente sigue incrementando el potencial de algunas funciones: voluntad, sufrimiento, resistencia y coraje, contribuyendo decisivamente a mejorar el rendimiento del atleta.

Es, por1MdM tanto, la “zona pensante” del individuo la que permitió que corriera con 6 años más casi en 2 horas menos.
En otro orden de cosas, dediquemos un momento de atención a los beneficios que aporta la mente del atleta entrenado a la persona. De igual modo que la forma física crece progresivamente, asimismo lo hacen los valores que dependen de la esfera intelectual. Cuando ha pasado un tiempo suficiente para detectarlo, caemos en la cuenta de que nuestra disposición para afrontar quehaceres o anhelos de nuestra vida personal, familiar, social o laboral ha cambiado sutilmente. Las expresiones “Ya lo haré” o “Ya llamaré” han desaparecido de nuestro lenguaje pensante. Esas funciones mentales inherentes al corredor de larga distancia como son la voluntad, el sacrificio o la perseverancia elevaron su umbral de forma exponencial impregnando, así,  la totalidad del ser. Desde ese estatus conductual se emprenden sin esfuerzo los deberes y los proyectos.

Pero no debemos olvidar la importancia de la genética. El bajo rendimiento de ciertos atletas cuyo físico nos parece merecedor de mejores resultados contrasta con el de otros que ostentan grandes resultados con un soporte físico que nos parece no concuerda con su brillante rendimiento. Es el decisivo rol de los genes. En el primer caso, un cuerpo “de libro” alberga una mente cuyas funciones son débiles. En el segundo caso, un físico no apto como modelo atlético posee una mente poderosa con elevados niveles de resistencia  al sufrimiento.

Como conclusión, nos referiremos al momento de nuestra vida en que la costumbre de correr largas distancias es ya un hábito y hasta una necesidad. ¿A qué se debe esa rutina? Pues a que la compleja estructura de nuestra potente mentalidad ha conservado en nuestra persona, desde la ya lejana infancia, esos elementos misteriosos y de evasión que posee el juego. Correr es la más extraordinaria de las actividades lúdicas, porque ese juego es divertido y carece de utilidad y de practicidad. Nuestra recompensa la recibimos cuando corriendo –pongo por caso– en una fría mañana invernal, entramos en esa segunda marcha que nos transporta casi a un éxtasis de ingravidez, mientras la cadencia de las pisadas eleva nuestro espíritu hasta   una sensación confortable de paz, regalo de una aurora de benéfico rocío o de un ocaso de rosados resplandores.

Por Juan Alcaraz (Psiquiatra y maratoniano)

Juan Alcaraz

Juan Alcaraz

 

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