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Es la actitud, no la distancia

Mapoma. Un acrónimo a una pasión pegado, la coartada perfecta para ser héroes en primavera.

Redactor de la revista Runner’s World, comentarista de televisión y locutor en algunas de las carreras populares y eventos atléticos más prestigiosos del país.

Si eres fondista y escuchas esas tres sílabas un escalofrío recorre tu columna. Sientes ganas de bajar al parque y jugar a keniatas y etíopes. No lo puedes evitar. Sabes que es inútil. Por eso te cambias de ropa, calzas las zapatillas. Y bajas. Absurdo resistirse.

Nació hace cuatro décadas y míralo, ahí sigue. Espléndido, feliz como un adolescente tras un verano de excesos. Cada año distinto, siempre igual. Al estilo de aquella frase de El Gatopardo: “Cambiar todo para que nada cambie”. De hecho hemos tenido que acostumbrarnos a su nombre de adulto: EDP Rock ‘n’ Roll Madrid Maratón & ½. Pero miramos a sus ojos y sabemos que es él.

Sucumbí ante esta carrera siendo un crío. Agarraba la línea 5 en Oporto, me apeaba en Pirámides y subía el escaso centenar de metros que distan hasta el Paseo del Doctor Vallejo Nájera para romperme la garganta animando a esa manada de inconscientes. Era de locos lo de aquellos tipos escuálidos que pasaban a toda velocidad, olvidando que por entonces llevaban más de treinta kilómetros en las piernas. Internet no estaba ni en los apuntes a sucio de los guionistas de ciencia ficción, así que uno se enteraba del desenlace en el parte de las dos. Allí sonaban apellidos míticos. Matamoros, Tineo, Crespo, Pastor, De Grado, Fernández Atienza, Gavela… Hombres rocosos y peleones, prototipos inmejorables de la clase trabajadora. Hoy a poner a sus pies la ciudad. Mañana al curro. Como quien no quiere la cosa.

Me gustaba aquel jaleo que se montaba en torno a una actividad tan aparentemente sencilla. Dar pasos rápidos uno tras otro, mira tú que gilipollez. Me gustaba tanto que acabé convirtiéndolo en mi profesión y, todavía hoy, treinta años después, cuando escribo o hablo de atletismo sigo alucinando con que el ser humano pueda cubrir largas distancias en intervalos de tiempo tan ridículos como los que contemplamos en la parte noble de cualquier clasificación general. Así que este texto va de todo lo contrario. Los otros. Los normales. Los que son como yo. Esos que miramos al reloj y vemos dígitos prudentes, hijos de la lógica. Supe desde joven que si quería vivir rodeado de prodigios debía pertrecharme de teclado y micrófono. No había sitio para mí en el podio. Ni para muchos otros. Por eso, con la ayuda de Mapoma y sus semejantes, nos inventamos el running. Una versión democrática, asequible y masiva del citius, altius, fortius. Sucede que nos lo inventamos tan a pecho que ahora, de boca de algún correcaminos de perfil bajo (y sin embargo venido a más), escuchamos aquello de: “Si no has corrido un maratón es que no eres corredor”. Y yo respiro hondo, me pongo de los nervios (porque todo el mundo sabe que lo de respirar hondo jamás funcionó) y acabo riendo a carcajadas mientras invoco a Fermín Cacho. No hacen falta más argumentos. Lo que pasa si nunca has corrido un maratón es que nunca has corrido cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros. Nada más. Y no es grave. Puedes ser un genial ochoncentista. Un millero de postín. Un modesto participante en pruebas de 10km. Una chica con mariposas en el estómago ante su primera Carrera de la Mujer o un gordito con ganas de rebajar cintura que nunca se ha puesto un dorsal y considera un hito dar dos vueltas a la manzana. Todos ellos, y millones de casos más, para mí son corredores. El maratón es tierra de humildes, no lo convirtamos en aristocracia.

Por eso alegra tanto ver que el moderno y rockero Madrid tomase la arriesgada decisión de diversificar su propuesta. Primero 10, luego 21. Claro que sí, respetando siempre el tesón de los que sacan billete para el esfuerzo mayor, pero claro que sí. Porque Mapoma comenzó siendo una carrera, pero hoy es fiesta de guardar. Y a una buena juerga, o vamos todos, o es un coñazo. Por eso cada finales de abril vuelvo a coger la línea 5 y me monto en el metro sabiendo que, en cuanto vuelva a salir a la superficie y comience a ver gente ligera de ropa, lo voy a pasar en grande.

 

Alberto Hernández 

 

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