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El brillo especial de Madrid

El maratón español es el ejemplo perfecto de convivencia entre la tradición y la modernidad.

Redactor de la revista Runner’s World, comentarista de televisión y locutor en algunas de las carreras populares y eventos atléticos más prestigiosos del país.

Ha dicho la IAAF que Madrid es un sueño dorado. Y no se equivoca lo más mínimo. El homenaje que la capital de España tributa cada primavera al guerrero Filípides es digno merecedor del prestigioso calificativo. Gold Label. Se lo ha ganado a pulso. Perdón, seamos un poco más precisos y hagamos uso del plural. Se lo han ganado a pulso. Porque el triunfo de Madrid es colectivo, pertenece a los centenares de miles de corredores que desde 1978 han trenzado con sus zancadas el asfalto de una urbe abierta al mundo.

Así lo quiso siempre el equipo organizador, MAPOMA (acrónimo que es santo y seña del running en la Península Ibérica: Maratón Popular de Madrid) quien ha sabido dirigir con mano izquierda y pulso firme el tránsito desde el localismo de la primera edición al cosmopolitismo de la que será la cuadragésima, ya perfectamente identificado por todos como EDP Rock ‘n’ Roll Madrid Maratón & ½. Sí, el nombre es largo, al igual que su historia o sus infinitas ganas de seguir haciendo felices a los que van por la vida soñando a fuerza de latidos acompasados de corazón.

Y es que Madrid ya no son 42 kilómetros y 195 metros. ¿Por qué poner puertas al campo? Esto es una fiesta en la que no está reservado el derecho de admisión, por eso se engendraron las hermanas pequeñas, de 10 y 21km de edad, para que nadie se vaya a casa sintiendo que su nivel deportivo le condena al mero papel de espectador. Un 3 en 1, fantástica navaja multiusos que nos invita a gozar una ciudad mil veces vista como nadie la ha visto jamás.

Ya, aquí, cuando a punto estamos de hablar del trazado, es cuando los fanáticos del cronómetro apelan a la orografía como la malvada madrastra que priva de grandes registros en meta. Pues no, no es verdad. Cierto que el recorrido presenta desniveles de cierta entidad (nunca salvajes) y que se corre al filo de los 700m de altitud, pero no es más duro que, por ejemplo, Nueva York; por citar un caso similar, un ejercicio en el que la diversión se sitúa muy por encima del aspecto deportivo. Lo que no quiere decir que quien quiera correr rápido no pueda hacerlo. De hecho hay muchos fondistas vocacionales que firmaron su personal best a la orilla del Manzanares, y cada día son más, desde que los regidores municipales, en perfecta sintonía con la dirección de la carrera, perfilasen un nuevo viario ágil y veloz, el mejor posible en un bello escenario salpicado de suaves colinas.

 

EL UNIVERSO DE MADRID

Madrid es el milagro que cada año se ensancha. La casa de todos. De dentro y de fuera. Porcentajes tan apabullantes como un 25% de participación extranjera; uno de cada cuatro finishers no nació en España. Y qué decir de la presencia femenina, siempre al alza, con más de un 50% en la versión de 10.000 y un 30% en el global de los tres eventos.

Y, por supuesto, la música. Siempre hay un sonido de batería, un rasgado de guitarra, una voz que alienta a los participantes al otro lado de la cuneta. Muchas, buenas y variadas bandas. No llevan dorsal, pero compiten entre ellas por un título: el prestigio de tocar en alguna de las citas de las Rock ‘n’ Roll Marathon Series. Se esfuerzan y sudan como el que más, pues saben que a veces una nota puede cambiar el devenir de una carrera. Son muy conscientes de que, aunque no corras acompañado, jamás correrás solo.

También hay historias. Unas grandiosas. Otras más humildes. Curiosidades y anécdotas como para ilustrar toneladas de papel. Como aquella lejana edición de 1986 cuando un repartidor de patatas fritas llamado Ramiro Matamoros se impuso a los profesionales de la época, copando las portadas de todos los periódicos, convirtiéndose en un héroe de la clase trabajadora y lanzando al mundo un mensaje que todavía perdura: todo es posible en Madrid. Que se lo digan a la única persona que ha triunfado en la tres distancias, una madre de tres hijos llamada Vanessa Veiga que, a pesar de haber competido en los Juegos Olímpicos de Londres, sigue clamando a los cuatro vientos que su idilio con esta carrera es especial, que no hay nada capaz de igualarla.

Y qué decir del coraje de los madrileños, ciudadanos que han visto pasar ante sus ojos lo mejor y lo peor del género humano, valerosos guerreros de la democracia que hace trece años, un 11 de marzo de 2004, se levantaron masticando el amargo sabor de la barbarie, que vieron esfumarse el porvenir de 197 compañeros y, aun así, menos de dos meses después abarrotaron las calles (unos en pantalones cortos, otros de largo, a pie de calle) para decirle a la intolerancia que a Madrid no hay explosión que la tumbe. Fue un aquel un maratón contra el horror, un alegato por la dignidad y la valentía. Desgraciadamente el espíritu de esos días emergió con potencia nueve años después, cuando la prueba se hermanó con el Maratón de Boston, que apenas una quincena antes, el Día de los Patriotas de 2013, sufrió en sus carnes la herida de las bombas cargadas de sinrazón. Madrid no miró para otro lado, Madrid tendió su infinita camaradería y le dijo al más antiguo de los maratones que aquí tenía un hombro para llorar y unos bazos para combatir.

Un camino largo y próspero, afortunadamente con más alegrías que penas (infinitamente). Sería precioso que todos los amantes del largo aliento estemos allí para celebrarlo. En 2017 han sido 37.000, ¿cuál será la cifra que obligará a Madrid a seguir superando sus récords en 2018?

 

Alberto Hernández

 

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