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Cuesta arriba

La obsesión por colocar a las carreras planas en los altares de nuestras preferencias competitivas atenta contra el espíritu de superación de un deporte que nació para derribar barreras, no para esquivarlas.

Redactor de la revista Runner’s World, comentarista de televisión y locutor en algunas de las carreras populares y eventos atléticos más prestigiosos del país.

Cierto que a nadie le amarga un dulce. Cierto que cuando queremos jubilar una mejor marca personal echamos mano de la lógica y escogemos para la puesta de largo un trazado en el que las colinas interpreten el papel de entes mitológicos solo al alcance de imaginaciones inquietas. Como tipos avispados que somos nos decantamos por recorridos planos, de avenidas anchas y curvas abiertas. Océanos de asfalto que nos permitan limar las asperezas del cronómetro, juez y parte de cada gota de sudor derramada. Pero no es menos cierto que eso sucede de vez en cuando. Días especiales en los que nuestra forma física pasea por la nubes y las zapatillas claman justicia. Una sensación que embriaga los sentidos y convierte la liturgia del dorsal en un trance mágico. Son jornadas de emociones tan suculentas que, de repetirse a menudo, perderían su razón de ser.

Por eso es importante descontextualizar nuestras pretensiones cada domingo y disfrutar de la mayoría de carreras que pueblan el calendario sin atender a los percances que presente su orografía. Pontificar lo llano limita demasiado las perspectivas de diversión. Además, si quieres no mirar hacia arriba ni una sola vez, para algo se inventaron las pistas de atletismo. Esas no engañan jamás. A cambio pueden suponer demasiado monotonía a los que no estamos dotados para manejarnos a ritmos frenéticos. Incluso muchos atletas profesionales manifiestan a menudo el tedio que puede suponer darle 25 giros al tartán en busca de una buena muesca para su hoja de servicios en los 10.000 metros. Cuentan que cuando están finos es un placer, pero si no es preferible la distensión de la ruta, el qué vendrá tras esa cresta, el alivio de un descenso en el que recuperar fuerzas o lanzarse a tumba abierta aprovechando que la gravedad, a veces, decide darnos la razón. Y qué decir del cross, la más ancestral de las manifestaciones del fondo, transitar campo a través haciendo frente a lo que se nos ponga por delante; repechos salvajes en los que clavar riñones y tramos embarrados para recordarle a los gemelos que la vida no es fácil.

Jugar a ser libres. Si hay que subir, se sube, sin miedo, nada de andar haciendo cálculos de lo que hubiese sido de nosotros sin tal o cual tachuela. Nada de escrutar los listados de futuras carreras e ir descartando citas porque no responden al canon establecido por los enemigos de la ondulación. Sobran ejemplos de clásicas salpicadas de rampas que apuntan al firmamento y otorgan a las piernas ese dulce desvanecer tan propio del trabajo bien hecho. Una Behobia, un Siete Aguas, una Media Maratón de Fuencarral… O un MAPOMA; ya saben, aquello tan clásico de mencionar la marca en maratón y, a renglón seguido, como símbolo de estatus, sacar a relucir nuestra mejor actuación en la capital. Si se da la circunstancia de que una y otra coinciden, apaga y vámonos, estamos ante un Filípides con todas las letras.

Muchas veces las organizaciones, temerosas de que el sofisticado runner -tan amigo de ‘aparatejos’ que lo mismo te miden la frecuencia de zancada que las ganas de ir al baño- decline su oferta ante el riesgo de perder unos segundos en la media kilométrica, se estrujan la cabeza tratando de rasurar al máximo su viario. Se agradecen el esfuerzo, la sensibilidad, las ganas de complacer al respetable… pero no me convence. Ya vivimos en un mundo suficientemente estandarizado como para trasladar sus maquiavélicos valores al reducto donde nos despojamos de nuestras miserias y logramos la versión más auténtica de nosotros mismos. Si tu pueblo es liso como una bola de cristal, adelante, no te lo pienses más, ya sabes el tipo de carrera que debes hacer. De lo contrario saca pecho y haz que el personal transite por los enclaves que merezcan la pena, por más que visitar algunos obligue al corazón a latir con un poco más de garbo.

 

Alberto Hernández

 

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